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miércoles, 10 de enero de 2018

Situación económico-social y Estado de Derecho en Cuba.





Lcdo. Raúl Luis Risco Pérez.


La precaria y calamitosa situación económica-social que vive el país ha ocasionado enormes pérdidas de valores en la sociedad cubana, lo cual fue reconocido por el propio Raúl Castro Ruz, en la Primera Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular el 7 de julio de 2013.

En este contexto han florecido la corrupción y el delito. En amplios segmentos de la población, esta prolongada y profunda crisis ha generado que proliferen el egoísmo, la mentira, la doble moral, la envidia, la venganza personal, el odio, la división de la familia y la realización de cualquier otra actividad que resulte válida para sobrevivir en esta jungla. Estos males han alcanzado niveles increíbles.

Miles de nuestros niños crecen viendo cómo sus padres, obligados por las circunstancias, viven del robo y en la ilegalidad en su más amplia expresión; ésos son niños que, a edades tempranas, terminan como sus progenitores: en las cárceles. Hoy es casi imposible encontrar un hogar cubano donde algunos de sus descendientes no hayan estado o estén en prisión.

En estas más de cinco décadas de fracasos y frustraciones del ciudadano, se ha desarrollado la ética que lo permite todo; el cubano no vive honradamente del resultado de su trabajo porque los míseros salarios no alcanzan ni para alimentar a la familia el mes completo, lo cual ha sido reconocido públicamente por el general-presidente Raúl Castro.

 El trabajo honrado dejó de ser hace muchos años la fuente principal de sustento de la familia cubana, lo que constituye la génesis principal de la indisciplina social y laboral, de la corrupción y el delito. Miles de jóvenes en edad laboral no trabajan y se les puede ver diariamente ingiriendo bebidas alcohólicas, acosando a turistas, revendiendo los productos que se expenden en las tiendas y comercios, duplicándoles el precio o simplemente entrando y saliendo de las cárceles.

Como resultado de este desastre nacional, existe un proceso de marginalización y un incremento vertiginoso de la mendicidad, camino por el que se transita a grados superiores de degradación personal.

Para que se tenga una idea de lo que ha sucedido en nuestro país, expondré algunos datos estadísticos que demuestran el galopante y acelerado proceso de pérdida de valores morales de la sociedad cubana.

Cuba, que jamás se caracterizó por su alto índice de personas encarceladas, contaba con unos 14 centros penitenciarios en 1959 y entre 4 ó 5 mil presos; hoy cuenta con más de 60 mil sancionados y alrededor de 200 centros penitenciarios. 

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha situado a nuestro país entre los seis países con mayor población penal por cada 100 mil habitantes, y el primero entre los países de Iberoamérica. 

En el crecimiento vertiginoso de penados en Cuba a partir de 1959, además de todo lo anteriormente expuesto, ha influido especialmente la errática política penal aplicada, porque lejos de analizar las causas que provocan el delito y buscarles solución, se ha decidido construir prisiones para detener el delito, lo que es igual que construir cementerios para detener enfermedades mortales.

Esta enorme cantidad de presos y prisiones, en una nación pobre y pequeña como Cuba, refleja claramente la grave, precaria y calamitosa situación que se ha producido y en la que vive el país, ocasionando enormes pérdidas de valores morales y espirituales. 

Es un círculo vicioso: más sancionados, más delincuentes, más corrupción y más personas que son pasto de un sistema degradado de justicia penal, que antepone los valores estatales a las necesidades reales de la población, causante esta que en última instancia es la generadora de todos los males.

Desafortunadamente, se ha convertido Cuba en una gran prisión y sus cárceles en cementerios de hombres vivos. Unido a ello nos percatamos de que las sanciones que imponen los tribunales no guardan relación en la gran mayoría de los casos con el daño causado, siendo el Código Penal vigente de los más extremadamente severos y coercitivos de nuestro entorno geográfico latinoamericano.

Analizar las causas que provocan el delito y buscarles soluciones, es una responsabilidad que tenemos todos ante las nuevas generaciones de cubanos y el futuro de la nación. La solución a tales condicionantes no siempre debe ser el camino de la represión penal. Desafortunadamente hemos vivido en la inopia económica y la anomia social.

La organización de una sociedad tiene como condición indispensable el establecimiento de reglas que deben ser respetadas, en las que como elementos organizativos deben predominar las libertades individuales y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Puedo afirmarles que nuestra nación no funciona como un Estado de Derecho, ya que, en éste, como principio de gobierno, todas las personas, instituciones, entidades públicas y privadas y el propio Estado, están sometidos a leyes que se promulgan públicamente, se hacen cumplir a todos por igual y se aplican con total independencia, además de ser compatibles con las normas y principios internacionales de Derechos Humanos.

La constitución política vigente no garantiza la protección de los derechos humanos (naturales) de acuerdo con las normas internacionales que el propio gobierno cubano reconoce, pero no implementa. 

Tampoco existen separación e independencia de los poderes, la verdadera propiedad privada, la libertad de opinión, reunión y manifestación, el derecho a la huelga y el paro laboral, entre otros. El ejercicio de dichos derechos individuales por parte del ciudadano está elevado al rango de delito.

Restablecer en nuestro país una cultura constitucional que limite el poder del gobierno es esencial para la creación de un Estado basado en la ley.

 El papel de un poder judicial independiente en crear un Estado con un funcionamiento eficaz es trascendental, como lo es el de los tribunales que estén encargados de proteger los derechos humanos y los derechos de propiedad, haciendo cumplir los marcos legales que sostengan un óptimo funcionamiento de la economía de mercado. 

Sin la independencia del Poder Judicial, continuarán viéndose seriamente afectados los esfuerzos por democratizar el país y el desarrollo económico.

La separación e independencia de los tres poderes es la garantía infalible contra el despotismo y la dictadura. 

Según la actual Constitución, la Administración de Justicia está subordinado jerárquicamente a la Asamblea Nacional del Poder Popular y al Consejo de Estado (artículos 121, 126, 128 y 129). 

Por otro lado, este mismo Consejo de Estado (que encabeza su presidente, que a la vez es el Primer Secretario del Partido Comunista y único), tiene la facultad constitucional —según el artículo 90, inciso ch— de dar a las leyes vigentes, en caso necesario, una interpretación general y obligatoria. 

Este mismo artículo, en su inciso h, lo faculta a impartir instrucciones de carácter general a los tribunales a través del Consejo de Gobierno del Tribunal Supremo Popular. A todas luces, esto demuestra que la vigente Constitución parte del principio de la existencia de un solo poder, que es el ejecutivo.

En un Estado de Derecho, la protección de los derechos y libertades individuales y públicas de las personas no puede estar prohibida por ley, como sucede en Cuba. 

La existencia de partidos políticos, la libertad de expresión y prensa, de reunión y de asociación, son principios universalmente reconocidos que la actual Constitución reconoce en sus artículos 53 y 54, pero a la vez los condiciona sólo a los fines de la sociedad socialista. 

Para no dejar algún resquicio legal para los discrepantes, los escogidos para elaborar la Constitución rematan con el numeral 62 el cual dice: “Artículo 62-  

Ninguna de las libertades reconocidas puede ser ejercida contra lo establecido en la Constitución y las leyes, ni contra la existencia y fines del Estado Socialista, ni contra la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo. La infracción de este principio es punible”.

Por tanto, al analizar ese precepto nos percatamos de que los “derechos” que enuncia la vigente Constitución en realidad no existen. No existe derecho cuando éste nace prohibido.

 Si algo debe prevalecer por encima de otras cosas y aplicarse como una "camisa de fuerza”, sería el imperio de la ley, entendida ésta como la existencia irrestricta de un Estado de Derecho garantizador de los derechos individuales y colectivos, Pero para ello es imprescindible que exista un Poder Judicial independiente, que entre sus funciones tenga el de poder regular la legalidad de los actos del Estado y no que sea un arma política del Estado.

Abraham Lincoln aseguró: “No se puede formar el carácter y el valor del hombre quitándole su independencia, su libertad y su iniciativa”.

Se ha olvidado que en el disentir está la riqueza del diálogo y de la vida misma, cuando sólo la madurez, el respeto y la voluntad de ser justos y equitativos nos permite aceptar la diferencia como parte del todo, combatiendo la natural tendencia a ser intolerantes y creernos dueños exclusivos de la verdad.

Cuba es de todos los cubanos. Nuestros padres fundadores —Varela y Martí— lo dejaron bien claro. 

Quienes excluyen a parte grande o pequeña de los cubanos están negando un derecho sagrado: el derecho a tener Patria, a tener raíces nacionales, a ser parte de la comunidad donde se ha nacido y crecido.

En la diversidad de iniciativas está la verdadera riqueza de las personas, de las instituciones y del país. La uniformidad y el control excluyente han empobrecido a nuestra nación. 

Hay que permitir sin reprimir, que se escuche el clamor del pueblo, de los que pensamos diferente, de los que proponemos otro proyecto para el bien de todos.

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